¿Cómo fue mi segundo parto?

15.3.18 / No hay comentarios

El día 13 celebramos el segundo cumpleaños del pequeño G, que ya no es tan pequeño. Podríamos decir que ya no tengo bebé y eso me ha hecho querer recordar el día que nació compartiendo contigo el relato de mi segundo parto.

Mi segundo parto: un parto precipitado

En su día ya publiqué la crónica de mi primer parto, pero con el peque fue distinto. El blog había crecido y me apetecía guardarlo para mí. Además, fue muy especial. Sin duda, tendría otro bebé "solo" por revivir el momento del parto.

Mi segundo parto

Aunque hay cosas en la vida de una mujer que no se olvidan, los detalles del parto no son una de ellas. Probablemente, si recordásemos todos los detalles no repetiríamos... Así que tengo que hacer memoria.

La falsa alarma

Todo empezó a eso de las 3.30 de la madrugada del día 13 de marzo de 2016. Una seríe de contracciones de cierta intensidad me despertaron. Bebí agua, me tumbé de nuevo y al ver que no desaparecían cogí mi móvil y las fui anotando. Tras dos horas con una media de 6 minutos entre ellas decidí despertar a Marido. Estaba de 39+3 y no tenía pinta de que fuese a parar.

En días anteriores ya había tenido contracciones, pero no durante tanto tiempo ni con tanta regularidad, así que decidimos llamar a los abuelos para que viniesen a hacerse cargo de Miss L. No queríamos llamar a menos que fuese inminente porque tienen casi 1h de camino en coche, pero era domingo y tenía pinta de que si no era ese día, al siguiente Mr. G ya estaría aquí.

Llegaron los abuelos sobre las 7 y nos fuimos a urgencias. Diagnóstico: Pródromos. Aún no estaba de parto. Llevaba casi 4 horas con contracciones de intensidad media cada 5 minutos, era mi segundo bebé y había llegado demasiado pronto. El tacto reveló que no había comenzado a dilatar siquiera, así que nos mandaron a casa.

En casa -y con 4 abuelos, una niña y mi marido- decidimos desayunar juntos. De perdidos al río. Entre contracción y contracción me comí un chocolate con churros que me supo a gloria. Recuerdo la cara que puso mi suegra justo cuando su mirada y la mía se cruzaron en plena contracción.

Después desayunar decidí meterme en la cama. Mi cuerpo me pedía estar sola y a oscuras, así que puse música relajante y allí me quedé. No se si cesarón las contracciones o si me dormí, pero cuando me quise dar cuenta eran cerca de las 12 y escuché decir a los abuelos que iban a salir a dar un paseo con la pequeña.

Rotura de bolsa

Tres o cuatro minutos después pensé en ir al salón y ver algo en la tele mientras seguía esperando a ponerme de parto. No se por qué, me arrodillé en el sofá apoyada sobre el respaldo. Recordé una cita del libro "Parir sin Dolor" y traté de relajarme y no enfrentarme al dolor. Noté algo raro dentro de mí, como si el bebé descendiese y acto seguido un "agua" salió ahogado de mi garganta. Marido me preguntó si quería agua y yo solo acerté a repetir "agua, agua, agua". Acababa de romper aguas y una contracción muy intensa no me dejaba decir más.

Segundo parto, más de 8 horas de contracciones regulares cada pocos minutos y la bolsa rota. Decidimos ir al hospital por segunda vez. En el camino al coche me crucé con una vecina que aún me recuerda la cara de apuro que llevaba ese día y con mi madre, que me dio un abrazo y un beso y me dijo que todo iba a ir bien y que iba a ser rapidito. ¡y vaya si lo fue!

Ingresamos en el hospital

Llegamos al hospital sobre las 12.45. El enfermero de triaje decidió acompañarme a planta por si no llegaba. Yo ahí me asusté. ¿Por qué no iba a llegar? ¿Tan mal me veía? Tenía contracciones más intensas que antes de que se rompiese la bolsa, pero no sentía que estuviese aún de parto. Y así era.

13:00h Segundo tacto y misma respuesta. Cuello blanco, permeable a un dedo. No había dilatación. Los monitores si revelaban contracciones cada dos o tres minutos. Con la bolsa rota el protocolo indica que me quedaba ingresada, pero no sabían si llevarme a planta o dejarme en paritorio. Había pocos partos ese día así que se decidieron por la segunda opción.

En la media hora de monitores las contracciones se habían hecho cada vez más intensas. Me inmovilizaban y no me dejaban articular palabra. Mi plan de parto indicaba que no quería epidural a priori, pero el dolor era tan fuerte que la pedí.

13.30 Ya en la sala de paritorio sentía que me ahogaba, no podía respirar. De pie, apoyada sobre la mesilla, ya no sabía ni cómo ponerme. Me recomendaron meterme en la ducha, pero no me apetecía lo más mínimo. Lo que son las cosas... En el parto de Miss L parecía un pececillo y ahora no quería ni oír hablar del agua.

14.00 aprox. Recuerdo gritarle a mi marido que llamase a alguien, que me estaba ahogando y que dónde estaba el anestesista. Fue la segunda vez que recordé a Consuelo Ruiz. De nuevo pensé "no luches contra el dolor, ayuda a abrir el camino" y noté de nuevo como mi hijo descendía.

Justo en ese instante llegó la matrona para iniciar el protocolo de la analgesia epidural: vía, tensión y monitorización del bebé. En este punto se asustó porque no encontraba latido. Mi marido entró en pánico. Si te digo la verdad yo escuché las palabras, pero estaba tan en mi mundo, que no me di cuenta del alcance.

Me ayudaron a recostarme en la camilla para tratar de encontrar el corazón del niño y dije "tengo ganas de empujar". En realidad no se por qué lo dije porque no era consciente de esas ganas. Mi cuerpo hablaba por mí y a partir de aquí lo hizo todo por mí junto con mi bebé. Al decir eso la matrona bajó un palmo el doppler y se dio cuenta de que no encontraba las pulsaciones porque el bebé había descendido mucho en los últimos 30 minutos. La residente comprobó que efectivamente estaba en completa y la cabeza de mi hijo ya coronaba.

Comienza el expulsivo

60 minutos y había pasado de todo a nada. Sin darme cuenta el momento había llegado y estaba a punto de conocer a mi bebé. Es lo que se conoce como parto precipitado.

Me facilitaron óxido nitroso. Se supone que hay que aspirar profundamente justo antes de que comience la contracción para que haga efecto en el pico máximo de dolor, pero eran tan fuertes y tan seguidas que apenas notaba su efecto. Quizás es que no acertaba en el momento exacto, pero me estaba poniendo nerviosa y decidí prescindir de él.

La postura para parir no era la más cómoda del mundo. Estaba tumbada boca arriba, ligeramente recostada hacía mi lado derecho. Me preguntaron si quería bajar y usar la silla de partos, pero no podía moverme. Mi cuerpo no respondía.

No entiendo como hay mujeres que sin epidural preguntan si pueden empujar. Yo no hubiera podido contener esas olas. Sin embargo, lo que sorprendió a Marido es que -al contrario que en el primer parto- el terreno que ganaba la cabecita del bebé, no retrocedía al ceder la contracción.

Cada contracción me hacía gritar y notaba como mi cuerpo empujaba solo. Recuerdo sentir ardor, el aro de fuego, y tras unos cuantos pujos, a eso de las 14.15 mi lechoncillo nacía. 4,020kg de puro amor. Me lo pusieron piel con piel y cuando dejó de llorar se enganchó al pecho. Lo "peor" estaba por llegar.

El alumbramiento se hace de rogar

En apenas una hora había vivido todas las fases del parto, pero el alumbramiento se resistía y estaba perdiendo bastante sangre. Aprovechando la vía que habían conseguido colocar al principio me pidieron permiso para suministrarme oxitocina. De no hacer efecto habría que sacar la placenta manualmente.

Pasó un rato y la matrona fue clara, ya no podían esperar más. Mi cuerpo reaccionó al ultimatúm y la placenta salió entera. Sin embargo quedaban rastros de la bolsa amniótica que deberían ir saliendo poco a poco.

Llega el anestesista

Me sacaron sangre porque sospechaban que quizás necesitaba una transfusión, aunque finalmente me libré y llamaron al anestesista y a la ginecóloca de guardia. ¿No me habían puesto epidural para el parto y después de él me iban a anestesiar?

Me había llevado de regalo un desgarro de grado III b (lesión de piel y músculos con afectación de más del 50% del esfinter anal externo) y no se podía suturar con anestesia local. La verdad es que no se si todo el desgarro fue a consecuencia del parto o de que la doctora aprovechó el desaguisado para retirar manualmente los restos y evitar una posible infección. En cualquier caso me vino bien porque, además de que cicatrizó bastante rápido, la nueva sutura solucionó las molestias de la antigua cicatriz.

Como te decía, para poder coser el anestesista me puso una raquídea. Me sorprendió que estuvo muy pendiente en la misma sala de partos hasta que la doctora terminó y yo recuperaba prácticamente toda la movilidad. La pena fue que durante todo ese proceso tuve que soltar a mi bebé que pasó a hacer con piel con su papá.

ooooooOOOoooooo

¿Cambiaría algo de mi parto? Seguramente sí. Me hubiese gustado ser una parte más activa en él y elegir una postura algo más cómoda. Sin embargo, tiempo después me enteré de que la casualidad quiso que se diesen las mejores circunstancias en un parto de ese tipo. Sacar a un bebé de 4kg con epidural es prácticamente imposible y posiblemente hubiese acabado en parto instrumental o cesárea. Por otro lado, los partos precipitados tienen unas contracciones tan intensas que el riesgo de desgarro uterino es grande, por eso se recomienda tumbar a la parturienta para que la gravedad no acelere aún más el proceso y los daños sean mayores.

Así que, a pesar del desgarro descomunal y la ironía de que el anestesista tuviese que hacer su trabajo cuando ya había terminado todo, lo recuerdo como un parto estupendo. Muy instintivo, animal. Me alegro de que fuese todo tan rápido porque de otro modo no hubiese sido capaz de parir sin analgesia epidural y fue increíble. Tanto que ahora, si repitiese, me quedaría sin dudarlo con un parto natural al 100% como ya te conté en el post 8 diferencias entre un parto con y sin epidural.


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